viernes, 1 de agosto de 2008

Un relato de mí misma


Un relato de mí misma

Autobiografía literaria / Ensayo
por Juana Peralta


Ilustración Juan Bracco Arancet
galería pájaros locos
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Por dónde empiezo?
Por qué escribo? No me acuerdo a qué edad exactamente empecé a escribir. Siempre me gustó tener a mano un lápiz y un papel, por las dudas. Ahora pienso y trato de entender por qué y quizás que lo haya usado como un refugio, aunque no me gusta la palabra refugio porque tiene algo de dramático de víctima, pero también “casa” es mucho, …quizás paredes, en el sentido de límites. No sé, un espacio, que se abría para mi en el instante en que el lápiz tomaba contacto con la hoja, aunque no escribiera nada en particular y sólo repitiera una y otra vez el mismo dibujo, reforzando las líneas de un diseño al azar, una y otra vez hasta que adentro mío algo se hubiera aquietado, y sin darme cuenta sentir que “ya está”. Refugio en el sentido de un espacio real en el tiempo que me da una sensación de materialidad, de llegar a ser visible. Poder permanecer ahí todo el tiempo que quiera, me da espacio para entenderme, o llegar hasta un lugar, viajar en la oscuridad de mis marañas hasta que inevitablemente amanece, porque tarde o temprano eso pasa si o si, y eso es bueno saberlo adentro mío, es una ley que me encanta, un mantra que me protege y a la vez me da solidez para aceptar la permanente impermanencia .Como decía mi tío Federico Manuel: “sólo consiguen el oasis los que se bancan el desierto”
En mi caso particular, empecé a escribir mas en forma de poesía cuando lo conocí a Martín, mi compañero, y el papá de Rosa, cuando conocí y vivencié en carne propia el verdadero peso de las relaciones humanas y todo lo que eso significa. El acto de escribir me da un cierto peso-consistencia para esperar y aguantar un tiempo que aunque ya está establecido porque es parte del ritmo de la naturaleza todas mis partes disgregadas no lo pueden habitar a la misma vez, por eso escribir , o cualquier acción que haga poéticamente, me abre el espacio en el cual todas las partes puedan estar juntas. Y en ese instante llega el alivio, como una confirmación de que soy y existo.
Acción poética: acto de buscar/encontrar la belleza que inexorablemente existe en cada hecho o cosa del universo. Momento en que se logra/intenta dar cauce a algún sentimiento atrapado en algún lugar de nuestro cuerpo.

Nací antes y completé ese tiempo marino en una incubadora. De hecho, todavía lo completo cada día metiéndome adentro en el mar caliente de mi bañadera, lugar sagrado para mí donde leo, escribo, rezo, canto, tomo algún te perfumador (a veces una cerveza), hablo por teléfono con una hermana, o simplemente me quedo ahí sumergida un buen rato con la nariz afuera para poder respirar y estar en silencio. Permanecer ahí, en ese silencio más hermético hasta milagrosamente recuperar el equilibrio (tan necesario) para salir, o a veces nada más para irme a dormir con la sensación de estar mas entera.
Según mi mamá, casi nos morimos las dos el dia ese que nací, era 6 de abril de1978 y fue el peor momento de su vida, dijo, porque se sintió tan mal y tuvo tanto pero tanto miedo… Pensaban ponerme Clara pero al final cambiaron de idea porque era muy oscura y me llamaron Juana, pesaba 1 kilo, y una vez hablando, como para darme una idea de cómo realmente era yo cuando nací, mi mamá me comparó con esos tubos negros de los teléfonos de ese entonces.
Era junio del 78 en pleno mundial de fútbol cuando ya pude salir de la incubadora para ir a mi casa. Parece ser que contrataron para que me cuidara, a una enfermera que ganaba igual que el gerente gral de General Motors. Recién a los 6 meses de vida me sacaron al mundo, o a dar una vuelta a la manzana. Nadie podía ingresar a ese cuarto aséptico salvo algunas excepciones, y con barbijo, eso me lo contó mi hermana. Uno construye su historia a partir de los cuentos que fue oyendo, por eso hoy que tengo una hija presto tanta atención a cómo cuento las cosas. También me dijeron que mi hermano Blas lloró toda la noche porque esperaba a un hermanito. De todas maneras es de él, del que más recuerdos tengo de cuando era chiquita y es más, fue yendo desde mi hermana Mili hacia él que me animé a dar mis primeros pasos. Yo compartía el cuarto con el, hasta que se fue pupilo a Córdoba. Una mañana, mientras él preparaba sus cosas para irse al colegio, yo estaba parada en la cuna agarrada de los barrotes, probablemente mirando lo que hacía, cómo juntaba sus cosas, la mochila, y se ve que no pude resistir su partida, y pretendiendo seguirlo me tiré de la cuna, cayendo de dientes al piso. Así fue que aparecí con el diente negro en todas las fotos hasta que por fin se me calló, y también con un casco, porque tenía el pelo cortito como un varón. Muchas veces me confundían con un varón, cuando estaba en segundo grado me acuerdo que dos chicas malditas en el baño hasta me hicieron bajarme la bombacha para comprobar que no lo era.
Mis hermanos son tres seguidos y prácticamente después de una década llegué yo a éste grupo ya armado y establecido. Ahora me doy cuenta que fui bastante como una hija única, salvo que no lo era. También alguna vez oí a mis padres hablar de mí como la nietita. Muchos veranos los pasamos en el campo de mi abuela en Gral. Madariaga. Eso me hizo muy bien ya que podía jugar con niños de mi edad, salvo que eran todos varones, porque mis primas, que me llevaban un par de años, conversaban de pierna cruzada en el living a la hora de la siesta con mis tías y mi abuela. A mi me divertía ir a pescar tarariras con los muchachos, jugar al comando en los cañaverales, amontonar las ovejas en un rincón del corral para después lanzarnos de palomita encima como si fuera un colchón vivo y gigantesco, meternos en la laguna a nadar con los caballos, jugar carreras en el campo inundado me acuerdo ese verano que nos tirábamos del caballo en pleno galope, siempre a las carcajadas, salvajes, galopando entre los maíces altos que era como meterse a fondo en un descontrol de ruido sin saber adónde uno iba hasta que de golpe el silencio y el aire, cuando se atravesaba la línea recta en que se acababan los maíces y se salía al campo abierto.
Pero lo que más pero más me gustaba, era un juego que inventé que consistía en que el que toca el piso pierde, me había inventado unos circuitos aéreos que iban de árbol en árbol, a un muro, a otro árbol, a un tanque de agua, y así me pasaba muchas pero muchas horas yendo por el aire de un lugar a otro.
Me gustan mucho los árboles, aprendo mucho de ellos, me tranquiliza pensar en ellos, son parte de mi vida, y quizás suene exagerado, pero también de mi familia.
Cuando aprendí a escribir mis primeras palabras, me acuerdo la primer carta que escribí y le pedí a mamá que la mandara por correo a mi hermano querido Blas, que en el año 1982 lo habían mandado pupilo a Córdoba porque era un azote. Mamá escribió “Querido Blas” y yo después escribí abajo todas las palabras que sabía, que eran: Mamá, Papá, y Raúl (por Raúl Alfonsín, lo habré copiado de alguna calcomanía, quién sabe…, mi mamá era fan, y me estoy acordando ahora que también yo jugando hacía el gesto de las dos manos agarradas para el costado…).
Tengo dos tíos que me han marcado mucho, uno es Octavio, el hermano menor de mi mamá, que una tarde de calor mendocino lo descubrí por la ventana de su casa tocando la guitarra con la armónica enganchada tipo Dylan y sentí un flechazo musical muy fuerte. El otro, Federico Manuel, el hermano mayor de mi papá, que aunque está en otra dimensión (aunque quizás ya estaba en otra dimensión siempre, el decía que tendría que haber nacido 40 años más tarde), lo tengo muy presente en mi corazón, y sus palabras me dan fuerza, risa, y me inspiran la vida…Me acuerdo esa vez que pasó lo de María Amuchástegui que se tiró un pedo haciendo gimnasia, cómo Federico se reía a carcajadas porque no sé cómo habían reconstruido la escena en La Noticia Rebelde, y me lo contaba mientras se tomaba dos cafés con leche en esas tazas blancas monumentales. Después también, esa misma tarde, no sé qué le habré contado yo que me hizo buscar un lápiz y un papel para escribir lo que me iba a decir muy contundentemente, y así lo hice. Y me lo llevé a mi casa y lo pegué en la pared. Decía:
“Viejo careta, guanti,
no me hagás el bocho
porque no me banco más
ninguna apariencia.
Me acuerdo también en el 83, que Federico aparecía en el programa de Tato Bores, alguna vez lo vi porque habré pasado justo por el cuarto de la tele cuando lo estaban viendo, y me acuerdo cómo me impresionó, era muy loco para mi verlo ahí metido en la tele, mirando el techo, hablando cosas que hacían reír a todo el mundo, o cantando asi todo modulando “es la hora de los magos” de Jorge de la Vega, que fue el primer disco de vinilo que tuve, junto con el de la Novicia Rebelde. Nunca me voy a olvidar cuando papá sacó un tocadiscos viejo de un lugar muy alto de un placard y me lo regaló, sentí que me estaba dando algo importante, y pesaba una tonelada.
En el verano del 83, nos fuimos navegando a Brasil. Vivíamos en el barco de mi papá Gitana del Sur, nos bañábamos en el mar con shampoo para agua salada, comíamos camarones día y noche, todo el día en tanga con la piel negra y curtida, ese verano me habían bautizado el negro, porque mi mamá me había cortado el pelo muy cortito, y mal, y cuanto más trataba de arreglarlo más la empeoraba.
Siempre tuve desde muy chica un contacto muy especial con la naturaleza, vivíamos muchas aventuras con mi papá tan aventurero, y a mi me divertía mucho eso (cuando uno es chico no tiene noción del peligro), recuerdo que nadaba 100 mts desde el barco hasta la playa a los 4 años, incluso de noche me tiraba al mar, no tenía miedo de nada. Disfrutaba mucho del contacto con la naturaleza y de cómo mi cuerpo se sentía en ese movimiento, me atraía la destreza física, inventaba permanentemente nuevos desafíos, gozaba de mucha vitalidad y creatividad que involucrara al cuerpo más que nada, ya que era bastante callada, y todavía lo soy de hecho.
Cuando era chiquita me reía todo el tiempo, a mi mamá la llamaban del colegio porque no me paraba de reír, eso era en el 86, que tenía 7 años, y no tenía vergüenza de nada, bailaba…, me expresaba libremente (o al menos bastante libremente), hacíamos actos de Menudo con mis primos, cantábamos, en esa quinta en Hurlingham que tenían mis abuelos paternos donde nos juntábamos los domingos. Una vez mi abuela me echó de la pileta porque me reía muy fuerte: “nunca vas a conseguir novio así…” .
Me acuerdo que más de una vez quise ser varón, por ejemplo cuando estaba con mis primos que de pronto surgía esa complicidad de pertenecer al mismo género, y se paraban uno al lado del otro y hacían pis, y yo, era una mas de la fila que ahí parada, hacía mi gran esfuerzo y lograba que el pis saliera para adelante también. Me atrevo a decir que ya de más grande pude encontrar cierta gracia en ser mujer, precisamente en el momento en que me quedé embarazada de mi primer y única hija Rosa, mi amor de mi corazón. Eso fue algo que marcó un antes y un después, encontré la felicidad de un sentido, un hay que ir para allá, y eso fue la gloria para mi. Esta parte de mi vida me encanta…
Pero pasé de los 7 a los 24 años, creo que me salteé un pedazo. Quizás porque el colegio es un bloque de perder el tiempo del que me aburre hablar. Yo iba a un colegio privado y bilingüe de Belgrano R. Una vez, ya en el secundario, la directora le dijo a mi mamá que yo vivía en un mundo mejor muy lejos de acá, y de paso también mechó que había una posibilidad de que nos hagan el favor a mi y a ella (mi mamá) de sacarme algunas materias porque no me daba la cabeza. En mi familia mis hermanas eran una luz y brillantes, una era capitana del equipo de hockey, la otra era solista del coro, y puede ser que haya habido mucho contraste cuando aparecí yo que nunca me destaqué en nada. Aunque miento, porque en los últimos dos años integré el grupo de teatro del colegio e hice un par de obras en las que tuve papeles bastaaaaante importantes. Cuando terminé el colegio me puse a estudiar música en la U.C.A. En esos dos años y medio que duré en la facultad, conocí un mundo nuevo: Ofir, una casa-maravilla, Chorizo Cósmico en donde todo podía suceder, ensambles, música permanentemente por todas partes, fiestas, tuve la alegría de formar parte de shows en vivo en los que nos disfrazábamos, tocábamos pintados de plateado, había fuego, volaba gente por el aire y el azar, siempre dando la nota conjuntamente con un grupo de teatro que se hacían llamar Los Misceláneos y nunca pero nunca dejaban de sorprender con sus creaciones tan espontáneas y delirantes. También armamos una banda con unas amigas “Las Bombinis” (Bombini era el nombre de la pizzería que quedaba a la vuelta de Ofir, y donde yo pasaba gran parte de mis días cuando no estaba en la facultad). Aprendí a tocar un poco el bajo, me encantó ser bajista. Por otro lado, la U.C.A., donde me costaba mucho estudiar, y tampoco es que tenía mucho que ver con ese lugar ni esa manera tan rígida que me costaba tanto pero tanto seguir. Y así fue que logré salir huyendo para Ushuaia en Octubre del 98, ahí descubrí que era verdad, que realmente existía un mundo mejor muy lejos de acá, y que había mucho viento. Ahí empecé a escribir cartas, a partir de ese momento mi vida era viajar y escribir cartas, tuve una necesidad muy grande de conocer la Argentina, también deambulé por países limítrofes, y por algunos limítrofes de los limítrofes. Descubrí que una de las cosas que más me gustaban de viajar también era la excusa para escribir cartas. Esos meses que estaba en Ushuaia le escribía cartas a mi hermana Z sin parar describiendo todo lo que estaba viviendo y lo que sentía. Nunca me sentí menos sola en mi vida, al contrario, descubrí que la población interna había crecido sideralmente y eso me dio mucha alegría. Estaba enamorada de todo, y lo bueno es que con tanto viento ni podía pensar, solo sentir y escribir, describir todo ese mundo nuevo, lejos de la casa de mis padres, de estudiar, de todo lo que me pesaba y me torturaba. Ahora era una guía turística porque un día quien sabe por qué, ya que no es tan común que lea el diario, ni mucho menos el Buenos Aires Herald, en un cuadradito decía: “se necesita guía turística no profesional para estancia desolada de la patagonia, con bajo salario…” y no me acuerdo ahora qué mas decía pero fue suficiente información para saber que me estaban buscando nada más y nada menos que a mi, era justo lo que yo quería, lo que yo más necesitaba. Ese viaje también me marcó, sentí lo más parecido a la libertad por primera vez, estaba encantada de la vida. Y a partir de ahí fue que me puse a viajar sin parar, conocí glaciares, islas, desiertos, oasis, salares interminables, fui navegando hasta Brasil y perdí de vista la tierra por tres días, vi peces voladores, ochocientoscuarentamil delfines…
Cuando un día me quedé quieta, ya devuelta en la casa de mis viejos, me di cuenta de que tenía mucha tristeza, pero mucha en serio. Frustración, de haber dejado la música pensaba yo, o no sé de qué…, todavía ni sé del todo, pero era el año 1999, y ahí pasé mucho tiempo en mi cuarto. Conocí el miedo, el pánico y el terror por LA ARAÑA.
A cada rato creía tener una enfermedad terminal, todo era confusión, miedo… En ese entonces escribía todo el tiempo, abría un ojo y cuando me daba cuenta de que estaba despierta ya había escrito una hoja entera. Me fui unos meses a Bariloche a lo de unos amigos que tenían una suerte de bar, y me quedé el invierno ahí, trabajando en el Bar La Piedra, ahí aprendí a cocinar, o básicamente a hacer patys, y pizzas de todo tipo. Hubo un poco mas de música, y cuando volví, un amigo me invitó a su banda Urbana como tecladista, tocamos en muchos lugares, y hasta grabamos un disco, pero ya no disfrutaba tanto, ya vivía en estado de tortura prácticamente todo el tiempo y lo que me aliviaba, me hacía de cable a tierra para canalizar, era escribir, escribir cualquier cosa, eso era lo de menos. Ahora veo que un instinto de supervivencia me llevó a escribir marañas y marañas de cuadernos… Escribiendo creaba el espacio donde poder no hacer fuerza para sostener ninguna mentira ni ser como yo pensaba que ellos pensaban que tenía que ser y vivir. Y todavía no lo logro, aunque siempre me concedo la posibilidad de cambiar. De todas maneras reconozco que sigo sosteniendo el mandato aunque en menor intensidad, o al menos uno de los tantos, que en éste caso sería “Juana es singing, es out, vive en un mundo mejor muy lejos de acá, flota, ajena a la realidad, que envidia poder vivir así…, en un mundo flotante, en la luna de Valencia, de fantasía, colgada de la estratosfera, en las nubes de Úbeda, sin saber de nada, ni leer el diario, ni la política, ni los temas socioculturales, ni la actualidad piripipí, etc, …” me doy cuenta cómo es que sigo sosteniendo el mandato, y a qué nivel uno se queda pegado en esas cosas. Cómo es que el entorno nos juega y nos devuelve esa imagen, que en el caso particular mío, lejos está de ser placentera y todavía más lejos está, de estar lejos de la realidad. Yo soy un bife con espíritu. Cito a mi tío Federico Manuel de nuevo: del infinito al bife.
En fin, con esto quisiera readaptar la idea de el por qué escribo, y creo que es por algo puramente personal. Es una manera que me gusta de re-conocerme. Me doy cuenta de que no pretendo “cambiar el mundo” ni hablar “del mundo” a través de mis poesías, ni a través de nada de lo que hago. Más bien intento habitar mi mundo, reconocerlo, para intentar cambiar de posiciones. Atravesar la cantidad suficiente de oscuridad y de caos. Porque busco la claridad, el descanso de encontrarme con mi verdad mutante, aunque sea tan fugaz. siempre observando la naturaleza y sus ciclos que es donde encuentro la pureza. Y si en lo micro está lo macro, si me entiendo a mi entiendo al mundo. Busco entenderme, descubrir el orden sagrado. Por suerte hay otros que quisieron ser médicos, ingenieros, abogados, periodistas…, porque a ellos puedo acudir cuando los necesito. Me gusta tomar conciencia de la red y sentirme parte, porque hay un orden. Hay de todo y para todos.
No sé a dónde quiero llegar,
a ningún lado
que no sea
sentirme en paz de ser lo que soy.
Me gusta compartir lo que escribo, me gusta escribirle a una persona que quiero, o mandarle mis poesías a alguien . A veces las leerán, a veces no. Pero me gusta que me lean, que me escuchen en ese decir mudo que es escribir. Una vez me dijo un “maestro” (como le llamaban ahí, en ese pueblito colorinche y perdido de Jujuy): “A mi me gusta el ir”, valoro mucho eso que me enseñó, y me gusta tomármelo así…, todo en general, aunque a veces me olvide y sufra por sentirme tan mal que no llego a ningún lado, tan largo el cuento…

Juana Peralta




“El misterio final es uno mismo. Cuando se ha pesado al Sol en la balanza, y medido los pasos de la Luna, y trazado estrella por estrella el mapa de los siete cielos, aún sigue quedando uno mismo. ¿Quién puede calcular la órbita de su propia alma?”

Oscar Wilde “De profundis”

3 comentarios:

Marimé dijo...

Es intenso y vital tu relato, Juana. Y me conmueve, de golpe, en seco.
Gracias.
Esa Rosa que tenés, seguramente más bella que cualquier otra, ha venido a ser tu rosa de los vientos. Qué bendición.
Se siente en tu escritura el galopar a ciegas y el andar colgada de árbol en árbol. Todos lo hacemos, aunque algunos con la torpeza de no hacerlo evidente o de disfrazarlo de otra cosa.
Sonrío ampliamente para celebrarte.

Sex Shop dijo...

Muy buenoooooo!!!!!!!

Sex Shop dijo...

Muy buenoooooo!!!!!!!