jueves, 2 de noviembre de 2017

Julia Rebottaro






Puerperea.
La ventada partida se divisaba desde el sillón
ella sentada alimentaba a su criatura.
Era el momento del silencio
pronto la luz iba a ceder su brillo a la luna
y así las horas del descanso estarían prestas a sucederse.
Silencios intranquilos
las manos transpiran algún llanto contenido
filosos cuchillos ordenados meticulosamente en el cajón
bolsitas anudadas en sí mismas buscan asfixiar los miedos
ahuyentar la locura que se apronta sin aviso
toma todo de improviso
y transforma la costumbre
en temibles fantasmas amarillos.


Amarillos,
como cuando al sol lo dibujan los niños
como flor de madreselva recién abierta en la mañana
como limón maduro que pende de su rama
como hojas en otoño que giran en remolino
como cuando de repente se hizo negro afuera
y adentro destellantes lucecitas se despegan
y brillan, brillan tanto que enceguecen
y los fantasmas se vuelven amarillos.



Pero en verdad ya es casi mediodía.
Me bajo de la bicicleta carmesí de sudor de enero.
Tomo el ascensor para subir al piso 8. 
Pareciera que las piernas flojas deciden solas como dar los pasos
la puerta 2 se traba, cuesta cerrarla
mi torpe brusquedad lo vuelve a intentar con poca paciencia. 
(Pienso que los encargados del edificio en ese mismo instante del portazo deben haber frenado la conversación con los vecinos de la ronda habitual para mirarse en complicidad y sonreírle a mi impulso.) 
Presiono la botonera gastada, desajustada, desmemoriada
y espero llegar finalmente a mi destino.
(Toda la elevación la hago con mi mano derecha sujetando la manija de la puerta.)
Al frenar y abrir me encuentro con la sonrisa de un señor
80 años quizás 
con un cálido gesto que me da los buenos días 
y me dice, piso 12.
(Sigo ensimismada en mi deseo, contesto parcamente el saludo, comentamos banalidades del mantenimiento edilicio.)
Llego al 8 y me tiro.
En el sillón quedo detenida unos minutos
la radio programa música por un reclamo sindical
la mirada repara en cada puntada de lana que le da forma a los dibujos del telar
miro el teléfono, nada
no se que busco pero no hay nada
lo dejo en el apoya brazos pantalla abajo, con actitud indiferente.
(En un acto reflejo repito esa sesión de movimientos varias veces y dejo que mi ansiosa mañana insista en buscar respuestas en una pantalla conectada al afuera.) 
Me miro, me enojo. Disgusto.
Entonces me incorporo, voy a la cocina, preparo limonada
me dispongo a tomar un tereré. 
(La mesa de periodistas conversan sobre lo mal que la están pasando vecinos de localidades inundadas por la avasallante caída de agua y los suelos infectados de soja mal pensada.)
Dimensiono, despejo los fantasmas  
pienso en lo real, piso mi suelo, entiendo el ahora
prendo una vela roja que planto en mi altar
agradezco y pido un poco más. 
Vuelvo a la cocina, agarro el escobillón, subo un poco el volumen y comienzo a limpiar
barro cada rincón al detalle.
Aparece el colibrí
el que me desveló anoche y prometió no ser olvidado
viene planeando la Avenida Corrientes
esquivando los autos con soltura 
traslada encima de él una paloma de cartulina azul
2, 3, 4, 10 veces más grande que su ágil y veloz cuerpo
la no correspondencia de tamaños es lo que me inquieta
¿cómo hace el pequeño colibrí para cargar semejante paloma?
los miro aterrizar con prolijidad de piloto acostumbrado
se detienen en el garaje junto a mi bicicleta naranja.
Levanto las cejas o cierros los ojos
partículas fluorescentes insoladas me contienen
suave aire matinal roza mi ilusa mejilla rosada
las pelusas acumuladas esperan ser levantadas 
intento otro despegue pero estoy unida al suelo
quizás pronto pase por mí el aterciopelado pájaro azul.
Debajo los otros transitan su urbana soledad
veloces, descoloridos, apurados, exentos de la maravilla
(- Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier sitio que exista
-dijo Chian a la joven gaviota- debes empezar por saber que ya has llegado.
Richard Bach).



La subida. V2 de Inundación.
Duermo.
Despierto y camino descalza sobre la crujiente madera
abro la puerta, la piel descubre intenso calor
destella de sol el follaje y encandila mi mirada
adivino la escalera, desciendo
piso el suelo y descubro
el pasto húmedo del rocío amanecer
el monte de robustos troncos me invita a caminar.
Avanzo torpe, frunzo mi planta en cada rama o piedra que pellizca con dolor
camino y se acomoda la pisada
unos pasos más y el suelo es fango
lo húmedo se vuelve mojado
los tobillos ya sumergidos
y en lo siguiente, la pendiente es más profunda
agua hasta la cintura y lo próximo es flotar
girar y girar, el inmenso río es todo lo que rodea.
Un sapo negro me roza
se sumerge en las oscuras profundidades
no estoy sola
no hay camino
todo es verde, musgo, brillante, seco,
no, seco no, todo es mojado,
giros y giros de agua.
Al darme vuelta ellos están ahí
tres jóvenes con zapatillas relucientes
gorros para el sol, pantalon de mil bolsillos y cámaras fotográficas
previstos, impecables
me observan desde la loma donde la piedra es tierra firme
estiran sus brazos y me dejo salir
enajenada transparente casi desnuda
de pie tengo otra perspectiva
senderos varios se despliegan junto a mi
allí delante la cabaña ya tiene las ventanas abiertas
descubro un camino para volver
lo inmenso cobra dimensión de charco
en el andar se van secando mis humedades.





Por qué escribo? 
Escribo porque lo hago desde antes de preguntarme por qué hacerlo. 
Porque desde mis primeros cuadernos encontré en la palabra la expresión más sincera de ser. 
Porque la escuela de Bellas Artes en la niñez, porque adolecí la adolescencia, porque ejercité guiones en la Universidad, porque en infinitas cartas se plasmaron tantísimos sentires.
Hoy escribo porque dejé de juzgarme y entonces hacerlo me deja un poco más a salvo.


Soy Julia Rebottaro, nací en el invierno de 1979 en Pergamino. Me mudé a Buenos Aires a los 17 años y estudié Diseño de Imagen y Sonido en la UBA, luego de egresar comencé a trabajar como vestuarista en distintos proyectos de cine, televisión, teatro y publicidad; actividad que sigo realizando en la actualidad. La escritura es el medio de expresión espejo de todas mis etapas, incluso cuando dejé infinitas hojas en blanco por miedo a equivocarme.