miércoles, 18 de agosto de 2010

Violeta Canggianelli


Extractos de

Como el amor de la vida de un perro grande.

(…)

Ese día en Brasil

Regida únicamente por la risa y el agua de lluvia no pude asumir en mis movimientos ni la más mínima dosis de cálculo, ni la obtención con mis acciones de algún beneficio.

Necesité conocer más allá de las palabras y del tono de esa voz masculina que me recordaba únicamente a mi padre. Y pensé: “La voz puede estar impostada”.

Perdí mi nombre de flor y hasta la punta de saber cuándo algo se termina. Violeta es el color que más busco en el fondo de su cara mojada: el agua y la imagen de ir y venir en el tren a Quilmes, con mi bolso agarrado y sus anotaciones de despedida.

Nunca tuve una canción transparente antes.

La noche de día que nos encontró en Bombas y Bombiñas despiertos, hizo algo supremo en mi viaje desierto. Sólo me hizo reír- le conté a mi concubina y leímos Calvino hasta que se nos hizo de noche y seguía lloviendo.

Quedé intacta de sus ganas repletas en mi cuaderno de flores.

“No volvimos a reírnos así, hasta que volvió a hacerse el día” y ni se nos cruzaba ser novios ni algo. Su voz gruesa de niño sumó en la forma de mirarnos y hablar pero me faltó algo en la despedida porque me dejó con la muerte de dios igual que vos.

Allí parada, con la pecera de dios vacía y la loza de cuarta lavada.

El día siguiente de otro día carioca

Lo vi desnudo o en forma al día siguiente de ese desvelo. Nuestros cuerpos secos, cansados con la resaca de mar. Su peso en mi falda. Pensé en flor y en su color despintado.

Limpié las ojotas con restos de arena y un poco de barro y lo invité a caminar a la orilla del agua. Caminamos adentro y afuera de las olas mansas.

Las casas eran todas iguales con lluvia: calurosas y húmedas.

El olor de la playa en mi ropa y la estadía totalmente sujeta a poder hablar un rato con alguien.

Cocinamos sencillo para invitar a esos sujetos descalzos. Hospedamos también a sus equipajes mojados y los homenajeamos con una botella de vino barato.

Sus anotaciones tuvieron el golpe de efecto contrario a la despedida. El agua y las burbujas de dios sin su movimiento.

Yo vi su nadar desganado. Sin bien, sin mal con su paso irónico y confiado.

“Te bautizo pasado” –me dije y pensé que así cerraba esa etapa y dejaba inaugurada una nueva y más sana.

Tercera ensoñación

El balanceo del caramelo en mi lengua me condujo ese verano a mi ser perra negra.

Mi espalda de porcelana clarita quedó desolada y virgen los años que estuve esperando algo de esos perales rosados. Como verdades de pura crueldad, esa madrugada nacieron tres aceitunas del olivo que sembré en mi balcón de bondades.

Los conductos hoy huelen a lavanda fresca. Brota de mi voz el idioma brillante de las estrellas al aire libre que iluminaron mi falda.

Son niñas que sueltan sus collares de hilos dorados y muestran algo de mi amor desmesurado. Como el amor de las perras a solas con sus hijas cachorras encima.

Y siendo suavizadas tanto, por esos ecos risueños y selectos, de alguna otra perra más virgen.

La eterna calaña desmedida que no sueña.

El morir de perra sucede en ese instante y allí aparece la ausencia.

(…)

Los gatos pintaron de verde mi nuca enrulada.

Ellas me vieron cuando entraba a bañarme en esa ducha de baño traslúcida con bañadera antigua y cortina finita. El agua en caída libre mezclada con mi culpa de siempre y el olor del goce por lo desierto desparramado en el piso. Las manchas púrpuras e intensas fueron subiendo de tono por partes de mi cuello marcado con besos.

Mi pie descalzo entrando en lo tibio de esa transparencia líquida y plateada. El ombligo desnudo de mí y la voz de esa gata nueva en mi sueño. Toda mi falta en la vidriera de mi cara y la escasez de monedas para el viaje en algún medio público.

Sin monedas para gatos. Sin monedas para esposas con gatos. Sin monedas para mí y la escasez de pintura invisible para cubrir esa escena prohibida.

Lo propio oculto en la transparencia de la cortina finita. Lo familiar del otro lado de mi mundo ideado y lo ajeno en dirección a mi nuca enrulada.

El pez siguió negro y bien muerto en mi valija compacta. Su cuerpo casi desaparecido en azules de muros húmedos y mi pelo mojado con ganas de nuevo.

Son esas gatas que pintaron mi nuca de verde y dieron vuelta el destino. Gatas de huesos flacos, gatas tibias. Sin gato compungido con la muerte de dios, ni con la voz obvia de los opuestos, cerca.

El personaje nuevo de mi sueño sabía algo de gatos. Vivía en una casa baja con patio, apta para ellos y admiraba la filosofía de vida que tienen, a veces, los felinos.

(...)

Violeta Canggianelli


Nací el 18 de diciembre de 1973. Publique mi primer libro de poemas “El Hotel de la danza” de la Editorial Huesos de Jibia, en noviembre de 2008.

¿Por qué escribo?...

Escribo poesía porque mi alma necesita nadar en agua dulce y salada.

Y cada tanto, me propongo dar a luz alguna estrella que baile.



3 comentarios:

ana claudia díaz dijo...

¡¡que lindos textos!!

el primero me fascino:
"y leímos Calvino hasta que se nos hizo de noche y seguía lloviendo.": hermoso!

Amalia dijo...

Me gustaron mucho Viole!
Felicitaciones.
Beso, Ama

violetacanggianelli@gmail.com dijo...

de todo corazón, gracias por sus comentarios!quedo agradecidísima por el aliento. Viole