martes, 17 de agosto de 2010

Kristeva 1

El comentario social tiene a veces dificultad para distinguir el fantasma de la realidad. Puede ocurrir, por ejemplo, que se acuse a un escritor de acciones horrorosas que fueron ejecutadas realmente por verdugos (Sade equiparado a un nazi). Muy por el contrario, podemos pensar que la puesta en forma - verbal o pictórica - de los fantasmas es nuestro más sutil reparo contra los pasajes al acto: hacer conocer los propios fantasmas formulándolos y comentándolos procura un goce que evita el horror de traducirlos en actos.
Se preguntarán ustedes: ¿no estamos hoy acaso, gracias a la mediatización visual, en un verdadero paraíso de fantasmas? ¿No estamos saturados de fantasmas, estimulados para producirlos y para convertirnos cada uno de nosotros en creadores imaginarios?
No hay nada menos seguro.
La llamada sociedad del espectáculo es, paradójicamente, poco propicia al análisis de los fantasmas e, incluso, a su formación. Las "nuevas enfermedades del alma" se caracterizan especialmente por el frenado, cuando no por la destrucción, de la facultad fantasmática. Estamos atiborrados de imágenes de las que algunas entran en resonancia con nuestros fantasmas y nos apaciguan, pero que, a falta de palabras interpretativas, no nos liberan de ellos. Por añadidura, la esterotipia de estas imágenes nos priva de la posibilidad de crear nuestras propias imaginerías, nuestros propios libretos imaginarios.

Julia Kristeva, La revuelta íntima, Literatura y psicoanálisis. Eudeba, Bs. As., 2001

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