lunes, 8 de septiembre de 2008

Pájaros: acá va un relato sin terminar. Su inspiración es obvia: el nacimiento, hace algo más de un año, de mi hija Clémence (Clemencia para los argentinos, Clemen para los lectores de esta ficción). No sé cuándo surgirá la segunda parte, pero seguramente los tendré al tanto. Me olvidaba: está pensado para niños. Que ustedes y sus niños (los de adentro o los de afuera) lo disfruten!!!

Mil mundos para Clemen


Antes de salir al mundo, Clemen lo supuso uno, oscuro y calentito como la panza de su mamá. La sorpresa primera fue cuando vio la luz: el mundo, a sus ojos recién estrenados, parecía dividirse en dos. Más a mano y pupila mediante, se alza el mundo de la gente despierta. Y en otro lugar, con el caer de los párpados, se sueña el mundo de la gente dormida.
El mundo de la gente despierta es maravilloso, pensó Clemen, y hay mil brillos que hasta hoy ignoraba. El más radiante, el del mediodía del día siguiente al que nació: fue casi enceguecedor. ¡Qué fulgor el del sol en su cenit! Si pudiera atraparlo hoy, pestañeó Clemen de tanto sol.
Lo intentó luego con otro brillo, cuando en verano fue al mar y le abrasaron sus ojos pardos los destellos en el agua. Buscó asirlos, las manos en cuenco y los pies agitándose en lo profundo. No hubo caso: el agua se escurría entre sus dedos y el rayo seguía allí, ondulando con las olas.
Se hartó Clemen de este brillo evanescente, del del agua atravesada por el sol. Prefirió entonces la luz entre las ramas y se detuvo frente a un verde resplandor. ¡Qué de verdes que se cuentan en una hoja! Todos verdes que, al moverse con el viento, cambian verde por un verde de color. Hay un verde sostenido y más lustroso, otro claro, que es el verde de los tallos, y el más negro, que se esconde entre las sombras. Pensó Clemen: ¡cuán oscuro es este verde si está bordeado de sol!
Pero un día de tormenta pudo Clemen ver el gris en contraste con los rayos. Y allí sí que en ese cielo el fulgor se disemina y desparrama. De la lumbre se derrochan rosas, lilas y amarillos, por allí un naranja y ocre. Como un fuego que, mojado por la lluvia, deja al paso una espesura de colores. Quiso Clemen alcanzarla con la mano, pero el viento en torbellino fue borrando la tormenta.
Quizá el brillo de esa estrella no sea tan escurridizo, pensó Clemen a la noche, cuando en chispas titilantes se enciende la oscuridad. Pero dio, por mala suerte, con la estrella equivocada: una que cruzó, fugaz, y se hundió en el firmamento.
El mundo de la gente despierta es precioso, suspiró Clemen, aunque a veces nada tenga de preciso. ¿Será que la gente grande ve todo con claridad? ¿O hasta para el más despierto sólo hay luz entre las sombras?
Un día se acostó temprano, al arrullo de mamá escondida tras la cuna. Y vio Clemen otro brillo: de la ventana cerrada se abrían muchas ventanitas, ¡tantas y tan diminutas! Es el sol que, en despedida, cuela sus rayos tenues por las rendijas de la persiana. Si pudiera asomarme y espiar, deseó Clemen. Y, de un salto, la pupila incandescente dio con el otro lado. ¡Pero si este no es el sol!, pensó Clemen al toparse, en un cerrar de los ojos, con el mundo de la gente dormida.


Continuará…

2 comentarios:

Marimé dijo...

¡Qué lindo, Vale! La asombrada más que Clemen, sos vos. Y así debe ser. Me gusta encontrar tu ritmo poético en la prosa que le dedicaste a la pichona, ¿lo notaste?
Descubrir, acompañar mientras otro descubre y redescubrir. Guau.

Freschi dijo...

resplandeciente como la vida e incandescente como la pupila!!!